A las mujeres de mi casa

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Ahora León / Texto: Noemí Carro Sánchez / Opinión

Los recuerdos que guardo de mi güela siendo yo pequeña hacen diminuto al nombre más majestuoso que ha dado esta tierra: Clotilde Alejandrina. Algún que otro día, ya podías marchar corriendo de lado a lado de ese pasillo diminuto en el que crió cinco hijos; la zapatilla de suela de goma como arma la debió patentar ella. No sé cuántos años se quisieron mi abuelo y ella, porque lo cierto es que nunca he preguntado cuánto, al bastarme con el qué. Todavía vuela por ahí un poema que él le escribió, muchos años antes de saber que al final la agonía sería cuidar una larga enfermedad que terminó por ganar batalla, como el tiempo. Enfermera toda la vida, luego él, y su madre propia. Recuerdo a mi güela siempre cuidando de otros, siempre genio vivo, saber hacer, y soluciones incluso sin problemas. A día de hoy, dos cabezas más recogidas que yo, un cuerpo frágil y ajado y menudo aún irradia esa fuerza que no sé de dónde, pero es. Pudo haber errado mucho, Dios seguro lo sabe. Pero se mantiene hoy, con esa elegancia soberbia y poderosa, llorando aún por amor casi dos décadas después.

Dije que mi güela es soluciones, pero mi madrina es entrega. Nunca vi una determinación tal ante la vida despojándose a semanas. Siempre una carga inexplicable de fuerza hacia delante, de no importar el qué, pero hacia delante, hasta la muerte, hasta que la vida impida pero más allá. Siempre a mitad de los demás y yo, concibo muy pocos nombres que manejen la lealtad en sus términos y escalas. Sonríe mucho más desde hace unos años, con un pecho enorme de saber que su hija y sus dos nietas son el mayor triunfo que hay en vida. Y todos y cada uno de los días cumple con un hacer con el que yo no podría, en todo momento dispuesta a cualquier otro antes que ella misma. En valentía y sacrificio, y humildad en los zapatos de quien ha visto cosas que muchos no ven resumiré siempre sus ojos vivaces manchados de humo tabaco.

Y luego mi madre, siempre mi madre. Vive Dios que hace muy poco que me atreví a escribirla. En el borbotón de energía que supone la más brutal honestidad vestida o no de desdecirse y hacer, nunca nadie con el corazón tan noble. Su honor es trabajar e imponerse ante lo que de ella se espera frente a tantas y tantas que en su día maldijeron su elección, y acabaron por imitarla. Podrá tener o no razón, solemos creer que la otra se equivoca, pero ama, ama inconsciente y a todos regala, incluso si no hay quien lo merezca. La velocidad que me lleva a mí a ser leída antes de abrir la boca, es toda suya. La pasión, la vida, la ansiedad de conseguir y rehacer, sin pausa, todo eso mío es de ella. El perdón a toda costa, ojalá lo fuera. Sé que si hubiera alguien por quien cambiarme y ser, sería ella. La que ve bondad en todo y todos, la primera cuyos ojos heterocromos se nublan al ver a cualquiera creer perder.

Hoy como todos los días, a las mujeres de mi casa, sin las que yo no sería.

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